La industria en tiempos de coronavirus

La industria en tiempos de coronavirus

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2020-04-21

Editor

Parafraseando al gran Gabo (como se le conoce al Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez) con su “Amor en los tiempos del cólera” he querido titular esta reflexión sobre la evolución de la industria durante los últimos 20 años y sus repercusiones en la crisis actual causada por el COVID-19. No pretendo buscar culpables, pero si poner de relieve hechos que han marcado la historia reciente de nuestra industria y han tenido consecuencias graves en la situación actual. Ya sabemos que todo aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla. Y, desde luego, no debemos repetirla.

Algunos os preguntaréis por qué 20 años. Considero que en los primeros años del presente siglo se produjeron una serie de acontecimientos con un impacto capital en nuestra industria, que son los siguientes:

  • Diciembre 2001: China ingresa en la Organización Mundial del Comercio.
  • Enero 2002: el euro se convierte en moneda de curso legal en 12 países europeos.
  • Mayo 2004: se incorporan a la UE 10 países de Europa del Este.

El primer hito supone la apertura de los mercados internacionales para los productos chinos y la aceptación, de facto, de China como “la fábrica del mundo”. El segundo, facilita el intercambio con otros países europeos, pero supone la pérdida de autonomía de nuestro país en materia de política monetaria. El tercer hito es el desplazamiento del centro de gravedad de Europa hacia el Este que ya se había iniciado con el traslado de la capital alemana de Bonn a Berlín en junio de 1991.

Con una competencia en costes sin precedentes por parte de China, a menudo, rozando el dumping; sin margen de maniobra en política monetaria; y con una Europa trasladando fábricas al Este de Europa; se inicia una crisis hipotecaria en agosto de 2007 con importantes caídas bursátiles que derivará en 2008, con una de las mayores crisis financieras de todos los tiempos. En resumen, una industria española “diseñada” para competir a nivel internacional en costes de mano de obra con devaluaciones de la peseta periódicas (nueve entre 1959 y 1995), deja de ser competitiva en mano de obra en los años 90, sin “cintura monetaria” a principios de este siglo y sin crédito en 2008.

No es de extrañar que la industria manufacturera pierda peso en la economía española y ya solo represente el 12,6% del Producto Interior Bruto (PIB) en 2019, frente al 17,8% que suponía en el año 2000. Para poner esta cifra en contexto, valoremos nuestro entorno más próximo, con una media europea que en el año 2018 se situaba en un 17,5%, o ejemplos como el 28,4% de República Checa, el 23,1% de Alemania el 23,1% o el 17,2% de Italia.

Con estos antecedentes, es más fácil entender cómo se está comportando nuestra industria en los tiempos del coronavirus. Tomemos los ejemplos de la industria alimentaria y la textil.

Industria textil y COVID-19:

Es por todos conocido el desabastecimiento de mascarillas, batas,… que ha sufrido nuestro personal sanitario en esta crisis. Hemos visto jalear como éxito la llegada de estos productos en avión, cuando cualquiera con una mínima experiencia en logística sabe que ese hecho evidencia la ruptura de la cadena de suministro. La industria textil ha sufrido la dura competencia de países como China, Turquía, India o Pakistán a los que hemos permitido introducir productos en la UE fabricados con prácticas a nivel laboral y medioambiental absolutamente reprobables. Por este motivo, a pesar de contar con líderes en el sector como INDITEX, han cerrado el 40% de las empresas existentes en el año 2000 y se ha perdido el 75% del empleo desde 1980.

La tercera potencia textil de Europa, tras Italia y Alemania, no ha sido capaz de suministrar a su sistema sanitario productos básicos confeccionables con una simple máquina de coser doméstica. Este hecho nos tiene que hacer reflexionar sobre las consecuencias de la deslocalización de la producción, alentada por la normas del comercio internacional. Cierto es que dicha producción se debe basar en productos de alto valor añadido pero también lo es que resulta imprescindible revisar las reglas de juego en este sector por parte de la UE. En este sentido, iniciativas como la de la Asociación de Empresarios Textiles de la Comunidad Valenciana (ATEVAL), creando un clúster del textil sanitario puede propiciar la aparición de una  industria estratégica  y de  mayor valor añadido en España.

Industria alimentaria y COVID-19:

En el extremo opuesto se encuentra la industria alimentaria. Entre 1985 y 2018, se ha incrementado un 33% el número de trabajadores del sector, reconvirtiendo industrias prácticamente artesanales en modernas factorías altamente eficientes, con niveles de seguridad alimentaria referentes y una marca de calidad reconocida a nivel internacional. Es cierto que cadenas de distribución como Mercadona han contribuido enormemente al desarrollo del sector, pero también lo es que la Administración Pública, a través de los fondos de la Política Agraria Común ha puesto a la industria alimentaria española en la vanguardia mundial.

¿Cuál es la consecuencia? Ni en los momentos de histeria colectiva ha existido desabastecimiento de alimentos. A pesar de las evidentes dificultades que han causado las necesarias medidas para evitar la propagación del virus, la industria alimentaria ha sido capaz de incrementar sus niveles de producción en cuestión de días cubriendo una demanda disparada y la cadena de suministro ha soportado con éxito esa prueba de fuego. En resumen, disponer de una industria con músculo nos ha permitido comer.

Cada día se publican nuevas predicciones sobre las repercusiones del coronavirus en la economía que contradicen las del día anterior. No pretendo ser tan osado. Sin embargo, ya estamos en disposición de aprender de los errores. Si la crisis financiera acabó con el mito de que “las viviendas nunca pierden valor”, la crisis sanitaria ha acabado con el mito de que “siempre nos quedará el sol y playa”.

No podemos económicamente ser tan dependientes de un sector, el turismo, que tardará en recuperarse (esperemos que lo mínimo posible), pero la industria es clave, debemos cuidarla y potenciarla. Necesitamos una industria con músculo, abierta al mundo pero con elevados niveles de autosuficiencia. Es evidente que somos un país pequeño y no podemos ser punteros en todos los sectores, pero sí impulsar aquellos donde disponemos de una tradición, conocimiento y posibilidades reales de competir en el contexto internacional. No vamos a ser competitivos en mano de obra (ni debemos), por tanto, nos tocará ser más eficientes (la productividad de nuestra industria de automoción es un buen ejemplo) y más innovadores para ofrecer productos diferentes por los que nuestros clientes estén dispuestos a pagar más.

Obviamente, el sector privado debe hacer un importante esfuerzo, pero también necesita del sector público cuyo papel debe ser el de crear un ámbito normativo favorable para la iniciativa privada, aportar certidumbre y compromiso en estos momentos; proteger nuestra industria de la competencia desleal que viola los principios de seguridad en el trabajo y sostenibilidad medioambiental, base del proyecto común europeo; e incentivar la innovación para disponer de una industria puntera.

Alejandro Ferrrero

Director General de INCOTEC

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